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LA MEZCLA CULTURAL HECHA IDENTIDAD

Ecuador y el mundo se encuentran atravesando una pandemia que hasta el momento no parece avizorar su final, no obstante la identidad de los pueblos no se ve relegada por difíciles que sean los tiempos, en el caso de la fiesta del Corpus Christi que tiene como finalidad agradecer las bondades de Dios y la naturaleza, la abundancia de las cosechas en los campos y hacerlo con la alegría que ha caracterizado desde siempre a los pueblos indígenas, ha tomado otro rumbo, el del confinamiento, pero con la esperanza viva de que volveran, como todos, más fuertes.

En 2001, el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural certificó a las fiestas de las Octavas de Corpus Christi como Patrimonio Cultural Intangible de la Nación.
Pujilí es la tercera ciudad más antigua del Ecuador, está ubicada en la provincia de Cotopaxi, este lugar es la cuna del danzante, la fiesta arranca el jueves siguiente al primer domingo de Pentecostés con la celebración de la eucaristía, la noche del día siguiente se queman castillos, chamizas y un sinnúmero de voladores, durante toda la noche se brindan los tradicionales canelazos y el sábado a primera hora inicia el desfile.

A la celebración asisten alrededor de 80 comparsas cada año (con la evidente excepción de este), tan solo una cuarta parte son invitados, todos los demás concursan por merecer el primer lugar, y por lo tanto El Danzante de Oro, también se disputan los Danzantes de plata y bronce que otorga el municipio en reconocimiento a las expresiones culturales.
Las costumbres indígenas se mezclan con los ritos religiosos para dar origen al Corpus Christi, tiene un alto contenido de sincretismo cultural y pese a los años se sigue manteniendo como una forma de manifestación de la resistencia de los pueblos indígenas.

Todos los habitantes de la zona y los turistas pueden disfrutar del ambiente acogedor de la fiesta, las estrechas calles de Pujilí son el escenario del sonar del pueblo, al ritmo de tambores y pingullos, los majestuosos Danzantes empiezan a mostrar sus coloridos trajes, sus altísimos penachos.

Indiscutiblemente las fiestas de nuestros pueblos tienen la marca del legado histórico, la alegría de la música y los colores, la costumbre de compartir, la afinidad de hermanar a propios y extraños, aunque los años pasen y el tiempo sea inclemente con la memoria, aunque vuelvan a tratar de quitarnos lo que fue nuestro, las costumbres se quedarán.