Si me pidieran nombrar al azar a tres periodistas destacados y notables del Ecuador contemporáneo citaría: José Peralta, Juan Montalvo, y el imprescindible Eugenio Espejo; todos vigentes en su pensamiento crítico a las realidades del país a pesar del paso del tiempo.
El 5 de enero de 1792 aparece Primicias de la Cultura de Quito, Espejo el primer periodista de la patria atina la urgencia de sabernos libres en el decir y más en el escribir como un verdadero acto de dignidad humana.
A 229 años de este atisbo luminoso de inteligencia, democracia, civismo, protesta, crítica y rechazo a la opresión y a la autocracia, a esas vanidades del poder incontrolable, a ese mismo tiempo de anhelo y defensa que no ha cambiado en nada el oficio y propósito del periodista: el fulgurar de la libertad y la defensa de la verdad más allá de egoísmos y peor aún de tiranías.
En esa nutrida argumentación sobre el oficio escribe Espejo: “Seamos cultos, seamos bellos, seamos libres” semántica que sigue vigente con altiva decisión a pesar de ese sordo acoso con el que se ha calificado a esta labor.
El periodismo puede sobrevivir sólo a través de personas que están concentradas no sólo en los acontecimientos superficiales, sino que también están interesadas en las fuentes y mecanismos detrás del comportamiento de la sociedad.
En denunciar sin temores incluso si las garantías son adversas o maniatantes. Ante nosotros aún está el mundo por descubrir. El poder a acosado y vilipendiado desagradecidamente este oficio, deshumanizando a través de epítetos incongruentes desde su posición, eso no atemoriza más bien alienta a seguir en el sendero correcto y delata los excesos y engreimientos que tiene el poder. Si otros tienen el poder de injuriar, también se tiene el poder de ignorarlos.
Espejo, de apellido indígena Chusig, lechuza, de apodo Duende, supo en íntima tolerancia soslayar el insulto del poder, la inteligencia incomoda -decía- sólo lo fatuo del poder calza en la adulación y el alago falso, el poder se cree sus propias mentiras.
La más hermosa de las profesiones que posee el ser humano es sin duda el periodismo, esta responsabilidad posee sus avatares, en ese tramo muchos pueden llamarse como tal, pero no todos pueden serlo.
El escritor que merece el parentesco del periodista, aunque no son lo mismo y tengan el mismo pelaje, soslaya la realidad en la reflexión prima de este texto. Escribir es un acto contra natura y vital de perseverar. Una operación minuciosa y quirúrgica que refiere dedicación y una pulcritud ética. A veces cuando el periodista o el escritor inca el bisturí sobre la pus, cercena y mutila la carroña para salvar la vida, que sea decir lo honesto del oficio. Esa gangrena que corroe la carne sana y que fatiga la verdadera labor más que las intenciones sobrepasan la voluntad y el deseo. Defender la verdad y la libertad más allá de la retórica.
Uno debe tener mucho miedo al escribir, escribir no es un acto natural como lo es comer, dormir, hacer el amor; es un acto contra natura, en cierto modo, es oponerle la escritura a la naturaleza finalmente. Decir que la naturaleza no se basta a si misma, lo que es ya tremendo, sino que necesita otra realidad un añadido que es la imaginación literaria. Paginas, palabras, tinta.
Escribir es un acto peligroso y lo demuestra el hecho de que si uno cree que la escritura es inofensiva basta presentar un texto, lo peligroso que puede ser ante los ojos del poder, del ego falso y el arribismo, de la mediocridad y la petulancia de seudo aficionados de este noble oficio: el periodismo en aras de la libertad y dignidad humanas.
Escritor y Periodista, lector de Rimbaud y de Oquendo de Amat, un lector de Borges y de Nicanor Parra, un lector de Enrique Lihn. Profesional de la Gloriosa Universidad Central del Ecuador en el fragor del nuevo siglo, dedicado al mundo fascinante de la radio, aprendiz de escritor con la luz.